- JOAN FONTCUBERTA
- Diálogo 4, La omnipresencia de la imagen | 01.04.08 | 10.00
Por una nueva pedagogía
Me viene a la cabeza una cita de Gramsci citando a Romain Rolland que quizá sintetiza el temple de los últimos comentarios que estamos haciendo: “Pesimismo de la inteligencia, optimismo de la voluntad”. Podríamos pues dejar aquí esta línea discursiva y embarcarnos hacia otras direcciones.
Fijémonos en que términos como “analfabetismo”, “formación”, “escolaridad” o “alumnos” han chispeado las diferentes intervenciones. Esto nos conduce a un tema crucial que es el de la enseñanza y la sensibilización. Los tres hemos estado involucrados con mucha intensidad en tareas docentes y divulgativas. Por lo tanto, dos cosas. Primero, no basta con criticar el estado actual de la cultura de la imagen; también tenemos que ser autocríticos con nosotros mismos en tanto que somos, en cierta manera, agentes activos de esta cultura y por lo tanto co-responsables de su situación. Podemos analizar qué parte alícuota de responsabilidad nos pertenece, probablemente escasa considerando el entramado de poderes y circunstancias, pero no me parece que sea intelectualmente aceptable presentarnos como meros outsiders, como observadores externos y alejados. Segundo, démosle la vuelta al mismo argumento: estamos en una posición privilegiada para intervenir en la situación, o al menos en su futuro, porque precisamente una de nuestras funciones es la de contribuir a modelar el espíritu de los fotógrafos y de los públicos, es decir, tanto de los productores de imágenes como de los consumidores de imágenes.
Tradicionalmente las metodologías didácticas se han estructurado de forma diferente según se dirigieran a uno o a otros. Parecía lógico que fuera así porque no sólo los dispositivos conceptuales de escritura o de lectura eran diferentes sino también porque de unos se esperaba una actitud activa y de los otros una actitud más bien pasiva. Pero esto no es así, y en cambio tengo la impresión que los programas de los centros docentes y expositivos, de las publicaciones especializadas y de la crítica canónica sigue insistiendo en la rutina de aquella dicotomía obsoleta. Hoy todos somos productores y consumidores a la vez, y la indiferenciación de estos roles exige una agenda pedagógica radicalmente nueva.
Un breve artículo de Alasdair Foster, director del ACP (Australian Centre for Photography) de Sydney, lo explica de una manera muy gráfica (http://www.zonezero.com/editorial/editorial.html). Foster compara la reforma que tiene lugar actualmente en el mundo de la imagen con la Reforma Protestante que sacudió el Cristianismo en el siglo XVI. En la iglesia católica el ministerio de la fe está reservado a una oligarquía de “profesionales” (los miembros del clero, la clase sacerdotal); en cambio Lucero y sus seguidores proponían “desprofesionalizar” el ministerio liberalizando la interpretación de las Sagradas Escrituras según la conciencia personal. Un pastor protestante puede ser un experto, pero su conocimiento está al servicio de la comunidad sin ejercer una autoridad sobre ella, de manera que un laico también puede hacer un sermón a su congregación. En el mundo del arte, de la fotografía y de la comunicación visual en general esto también está pasando. La distancia jerárquica entre los profesionales y el público tiende a disminuir, incluso a desparecer por completo, de manera que las posiciones se han vuelto intercambiables.
La imagen es hoy ubicua porque todos hacemos o comemos fotografías, todos generamos y recibimos información gráfica, más allá del sentido que le sepamos impregnar. ¿Cómo afrontar, pues, desde una pedagogía consecuente, esta nueva realidad?



