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La ubicuidad de la imagen

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¡Iconódulos sí, pero informados!

Christian tiene razón cuando dice que la opción iconoclasta no existe realmente. Yo añadiría que no basta con volverse terrorista para ser iconoclasta, pues sólo llevaría a destruir imágenes para reemplazarlas con otras, porque los terroristas tienen su propia imaginería.Casi comparto su pesimismo, que duda de la posibilidad de “desactivar” las imágenes con otras imágenes, de tan difícil como es frenar “el flujo incesante del consumo, del entertainment, del juego con las imágenes”. Sin embargo, ¡no podemos contener el flujo de imágenes sólo con un flujo de palabras! ¡Sólo las imágenes pueden afrontar el poder de las imágenes! Necesitamos más que nunca una producción de imágenes críticas con la producción de imágenes. Lo que nos hace falta son imágenes como las de los jóvenes fotógrafos mencionados, Matthias Bruggmann y Robin Collyer, o como las de nuestro anfitrión Joan Fontcuberta, imágenes cuyo objetivo ya no es cómo representar las cosas sino cuál es la naturaleza de la representación. Lo que estas imágenes tienen en común es una interrogación sobre la iconicidad, ese atributo indispensable y tan mal conocido aún que define la imagen. En una fotografía cualquiera, hay una relación de connivencia entre su dimensión indicial y su dimensión icónica y esta relación de connivencia oscurece la comprensión de la imagen en tanto que fabricación. A causa de su doble referente, que nos remite simultáneamente a la escena fotografiada y a la historia de la fotografía, una imagen de Matthias Bruggmann funciona de manera diferente y nos obliga a considerar la complejidad real de la producción de imágenes. En muchas de sus imágenes, Joan Fontcuberta llega a poner en conflicto voluntariamente el aspecto indicial y el aspecto icónico: cadáveres de mosquitos sobre un parabrisas se convierten en constelaciones o los macros de los dientes de las llaves se convierten en cordilleras. Difícilmente encontraremos algo mejor para hacer estallar la confianza ciega que alguien pueda tener en las imágenes.

¿Cómo hacer para que las imágenes de este tipo, profundamente subversivas, no se ahoguen en la masa que todo lo destruye? Casi todo el mundo estará de acuerdo que vivimos en una civilización de la imagen y, al mismo tiempo, nuestros programas escolares aún están casi enteramente construidos sobre la supremacía de lo escrito. Nuestras escuelas producen iletrados visuales. Así pues, primera prioridad, informar a los iconódulos!

¿Se puede ser iconoclasta?

Rápidamente -y por causa de insomnio…-, una pequeña observación respecto a la contribución, siempre tan elegante y cultivada, de Radu. Tiene toda la razón de subrayar hasta qué punto nuestra relación con la imagen se ha fundado, desde hace siglos, sobre la manera como las religiones la han sucesivamente utilizado (promoción) o prohibido (otra manera de promoción “contra”). Me temo que, si hubiese vivido en el siglo XII, habría sido iconoclasta. Y habría tenido un sentido. O habría sido, en cualquier caso, un posicionamiento.

Hoy, sólo puedo ser iconoclasta si decido volverme ermitaño, instalarme en un ashram en una región del Tíbet no controlada por los chinos, cortar con todo lo que hace el mundo contemporáneo. Ser iconoclasta hoy exige simplemente un retiro del mundo. Me acordaré durante mucho tiempo de mi estupefacción, hace algunos años, cuando llegué a un pueblo aislado de Laos, de haber visto, en el único comercio del valle -tienda de comestibles, estanco, restaurante, hostal, proveedor de guías, farmacia y muchas otras cosas, a petición-, unas bolsas de plástico que estaban evidentemente a la venta como artículo raro llevando la efigie de Leonardo di Caprio!

Cómo se puede ser iconoclasta, sin volverse terrorista, cuando la imagen se ha convertido en un elemento constitutivo, esencial, motor de nuestra sociedad de principios del siglo XXI. Malraux, del que no tengo muy buena opinión excepto porque inventó en Francia la idea -que se está disgregando- de un Ministerio de Cultura, decía que el siglo XXI sería religioso o no sería. Andy Warhol decía que cada uno tendría su cuarto de hora de gloria -cosa que podríamos traducir a la hora You Tube por su cuarto de hora (pero es demasiado largo…) de imagen. Sin duda los dos tenían razón, se habían anticipado a un mundo que han contribuido a formatear. Y nosotros estamos aquí, impotentes ante las imágenes que desfilan, que ya no tienen sentido, que son a la vez mercancía y llamada al consumo.

¿¿¿¿Cómo ser, hoy, iconoclasta????


Una producció de KRTU, dins del marc SCAN 2008