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La ubicuidad de la imagen

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Judo intelectual

El “entrismo” al que hacía referencia fue una estrategia llevada a cabo por el mismo Trotski. Para algunos, quería fortalecer la izquierda. Otros, entre los que me encuentro yo, piensan que Lev Davidovitch tenía una segunda intención y quería ganar poder dentro de los partidos socialistas y de los sindicatos reformistas a base de infiltrarlos, desde el interior. En cualquier caso, el “entrismo” no se acaba con el episodio Ramón Mercader sino que era la consigna dentro de las organizaciones trotskistas de principios de los años setenta. 

A pesar del poder colosal de las fuerzas que controlan la difusión de la imagen y a pesar de la inmensa capacidad de recuperación que posee el sistema -por cierto, ¿quién habla aún de Marcuse hoy en día?- me mantengo optimista. Optimista, porque el sistema tiene carencias y porque los artistas han encontrado estrategias para explotarlas. El “entrismo” forma parte de ellas. Más que el ataque frontal, infiltrarse en el sistema, utilizar su poder, sus instituciones y sus canales de distribución para irles en contra, es hacer “judo intelectual”: utilizar la fuerza del adversario para combatirlo mejor.

La manipulación y la apropiación, estrategias esenciales del arte contemporáneo, empiezan a infiltrarse cada vez más en (casi) todos los ámbitos de la producción de la imagen. Es evidente que, como nos lo recuerda precisamente Christian, el fenómeno es minoritario. Pero tiene importancia, porque siembra la duda. La duda con relación a la “evidencia” que una imagen ofrece en apariencia, la duda con relación a su supuesta objetividad, así como la duda con relación a la neutralidad del sistema que lo instrumentaliza. Y, para que alguien pueda cambiar de opinión, ¡antes es necesario hacerlo dudar!

Creo que hay más en estos planteamientos que no sólo “la gloria del intento” y estoy bastante seducido por la metáfora utilizada por Joan; la vacuna. ¡Depende de nosotros de ver que “la gloria del intento” tenga más que el mérito de haberlo al menos intentado y que no quede en el nivel del combate final!

¡Seamos optimistas!

Joan tiene razón cuando dice que mi tono es pesimista… A lo mejor es por la época, que no es muy divertida, tanto desde el punto de vista político como de los movimientos globales, económicos o estéticos, del mercado dominante, de la mediocridad triunfante, del consumo reemplazando al conocimiento, de la comunicación sustituyendo la información, que conllevan esto.

Gracias por pensar que desde hace treinta años he efectivamente logrado, en el terreno de la imagen, un cierto número de actos, de apariciones, de perturbación de la rutina que se está instalando. Va en paralelo, en cierta manera, con lo que Joan ha producido como artista. Ha habido, desde el principio, una resistencia a las normas para señalar el juego de las imágenes, su apropiación por parte de los observadores. Treinta años es un poco largo y aún me es difícil oír redactores jefe de revistas prestigiosas que, al no querer pagar el precio que cuesta la producción de las imágenes, nos dicen: “Es magnífico, pero no es para nuestros lectores”. Añadirían con mucho gusto: ¡”Nuestros lectores no lo entenderían”!

¡Pero soy optimista! La prueba está en que escribo cada semana una columna y que hago publicar algunos portafolios en Internazionale, en Italia. O que “publico”, en Internet (http://www.actuphoto.com/), un inverosímil diálogo y diario con el fotógrafo chino Aniu, quien me envía cada día un autorretrato al que yo reacciono con un texto. O que participo en este diálogo. O que, además, enseño a gente joven brillante, que doy conferencias, monto exposiciones, organizo libros.

Soy optimista porque continuo haciendo cosas, agitando ideas e imágenes, escribiendo para intentar pensar lo que nos pasa mientras que nos encontramos en este torbellino de “visuales” que nos asedian. 

No soy un creador de imágenes, sólo un “intermediario” entre los que las hacen y los que las reciben. Mi única y verdadera razón de ser optimista es la de constatar que, hoy, muchos jóvenes continúan teniendo el deseo de trabajar con la fotografía sobre el estado del mundo en el que viven. No sólo me descubren cosas, sino que testimonian de una voluntad de cambiar el mundo, incluso si son conscientes de que la fotografía sola no podrá conseguirlo.

Son una propuesta para el futuro, tanto cuando documentan (vayan a ver los últimos trabajos de los tres ganadores del World Press Photo de la Agence Vu’ en http://www.agencevu.com/, ejemplares; así como otros que no han tenido premio, como Steeve Junker o Kosuke), como cuando los artistas utilizan las imágenes (como Joan por ejemplo) para tomar partido sobre las cuestiones planetarias. Sobre el terrorismo, por ejemplo. Impertinencia y escarnio toman tanto sentido como exploración periodística.

¡Son ellos, creadores en modalidades diferentes, quienes me obligan a ser optimista!

También es verdad que su difusión es limitada, que no se puede comparar con los gigantes de la transmisión. A lo mejor no es grave. 

Quedan dos cuestiones esenciales: ¿Cómo podemos imponer una formación en la lectura de la imagen desde los primeros años de escolaridad y qué somos capaces de inventar, en Internet, como resistencia a la imaginería dominante?

Un guerrillero, incluso si se equivoca, es forzosamente optimista. Y yo me siento, más que nunca, guerrillero.

Subvertir el sistema desde el interior

Para responder la pregunta de Christian, precisemos algunos puntos. Me gustaría matizar su afirmación de que todo depende de la difusión de las imágenes y no de su naturaleza. Sin negar la importancia esencial de la difusión, me parece que la naturaleza es determinante. He escrito en un mensaje anterior que las imágenes realmente subversivas son aquellas que ya no se contentan con representar las cosas sino que ponen en duda el estatus de la imagen y la naturaleza de la representación. Son estas imágenes las que tienen la capacidad de hacernos comprender el funcionamiento del mundo de las imágenes.Christian tiene razón cuando escribe que el combate es desigual. Estadísticamente, estas imágenes no representan ni una gota de agua en el océano de la banalidad visual. No obstante, el poder de estas imágenes no puede ejercerse en un ataque frontal contra un número mucho mayor de imágenes lenitivas, su impacto es mucho más fuerte cuando su acción se basa en tácticas de guerrilla. Según este planteamiento, la inferioridad numérica puede verse compensada por la fuerza y la audacia del golpe. Uno de los mejores ejemplos es el famoso libro Sputnik de nuestro amigo Joan, verdadera estocada dirigida a la credulidad en la veracidad de las imágenes. Los mejores resultados se obtienen utilizando la estrategia del “entrismo” de los antiguos trotskistas, que querían primero infiltrarse en el sistema para destruirlo mejor desde el interior. Lo que ha hecho Joan utilizando los canales de difusión de la edición, el museo o la comunicación televisiva, desmontando sus mecanismos, y lo que ha hecho Matthias Bruggmann publicando sus fotos en un número reciente de Time Magazine. Es colándose en las fisuras del sistema como mejor se consigue.

Sin embargo, esta estrategia que pretende subvertir el mundo de las imágenes desde el interior no saldrá nunca ganando si no se acompaña de una verdadera educación en la imagen desde la más tierna infancia, y esto, que yo sepa, de momento no existe en ninguna parte.


Una producció de KRTU, dins del marc SCAN 2008