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La ubicuidad de la imagen

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La apuesta urbana

Como Radu, me gusta mucho la idea de la “vacuna” propuesta por Joan. ¡Y me gusta mucho también la idea del judo intelectual!

Los tres estamos de acuerdo sobre la evidencia de las apuestas, sobre la necesidad de las resistencias, que corresponden a las prácticas de muchos artistas y nos interrogamos sobre la forma que puede tomar esta resistencia. Lo que hacemos aquí es una de ellas. En los años setenta y ochenta, cuando la fotografía -por etonces falta de reconocimiento- inventó los Rencontres (d’Arles) y algunos festivales, reivindicaba el acceso al Museo. Hoy es cosa hecha: hay un número considerable de exposiciones en las instituciones y en los lugares privados del circuito del arte contemporáneo. Hay centenares de meses, semanas y quincenas de la fotografía en Europa, pero también en los países que aparecen en la escena internacional, la China o la India entre otros. Incluso si todo es siempre perfectible, incluso si se necesitan más medios, el tiempo ya no es -porque la cantidad de imágenes y su circulación han aumentado considerablemente- el de la reivindicación. Si no es aquella, determinante, de tener en cuenta las imágenes en el marco de la pedagogía.

Creo que una de las apuestas más importantes es el espacio urbano, el espacio público. Hacer existir las imágenes -y las fotografías de los creadores- en este espacio y sin que tengan una función utilitaria como la publicidad y la decoración podría ciertamente constituir una forma interesante de “vacuna”. Diferentes de todo lo que vemos en la ciudad, en los medios de comunicación o en las múltiples pantallas que nos rodean, podrían tener una función de alerta, jugar un papel implícitamente crítico, provocar sorpresas y preguntas. Podría pasar en la ciudad, pero también, porque no, en las zonas de descanso de las autopistas y en otros lugares de paso. Y habría que elaborar toda una estrategia para dar a ver imágenes alternativas al un mayor número de público posible.

Cuestión de medios, me diréis. Cierto, pero seria interesante reflexionar sobre lo que se podría hacer en este sentido con un presupuesto de una manifestación fotográfica que, a menudo, gira hacia el egocentrismo. No quiero decir que desaparezcan los festivales (aunque algunos…) pero estos “eventos”, muy a menudo concebidos como medios de promoción de los lugares que los acogen, ya no son suficientes. Una exposición inmensa al aire libre que uniría, por ejemplo, París y Tarragona (al azar…) podría dar a ver y a reflexionar.

Subvertir el sistema desde el interior

Para responder la pregunta de Christian, precisemos algunos puntos. Me gustaría matizar su afirmación de que todo depende de la difusión de las imágenes y no de su naturaleza. Sin negar la importancia esencial de la difusión, me parece que la naturaleza es determinante. He escrito en un mensaje anterior que las imágenes realmente subversivas son aquellas que ya no se contentan con representar las cosas sino que ponen en duda el estatus de la imagen y la naturaleza de la representación. Son estas imágenes las que tienen la capacidad de hacernos comprender el funcionamiento del mundo de las imágenes.Christian tiene razón cuando escribe que el combate es desigual. Estadísticamente, estas imágenes no representan ni una gota de agua en el océano de la banalidad visual. No obstante, el poder de estas imágenes no puede ejercerse en un ataque frontal contra un número mucho mayor de imágenes lenitivas, su impacto es mucho más fuerte cuando su acción se basa en tácticas de guerrilla. Según este planteamiento, la inferioridad numérica puede verse compensada por la fuerza y la audacia del golpe. Uno de los mejores ejemplos es el famoso libro Sputnik de nuestro amigo Joan, verdadera estocada dirigida a la credulidad en la veracidad de las imágenes. Los mejores resultados se obtienen utilizando la estrategia del “entrismo” de los antiguos trotskistas, que querían primero infiltrarse en el sistema para destruirlo mejor desde el interior. Lo que ha hecho Joan utilizando los canales de difusión de la edición, el museo o la comunicación televisiva, desmontando sus mecanismos, y lo que ha hecho Matthias Bruggmann publicando sus fotos en un número reciente de Time Magazine. Es colándose en las fisuras del sistema como mejor se consigue.

Sin embargo, esta estrategia que pretende subvertir el mundo de las imágenes desde el interior no saldrá nunca ganando si no se acompaña de una verdadera educación en la imagen desde la más tierna infancia, y esto, que yo sepa, de momento no existe en ninguna parte.

¡Iconódulos sí, pero informados!

Christian tiene razón cuando dice que la opción iconoclasta no existe realmente. Yo añadiría que no basta con volverse terrorista para ser iconoclasta, pues sólo llevaría a destruir imágenes para reemplazarlas con otras, porque los terroristas tienen su propia imaginería.Casi comparto su pesimismo, que duda de la posibilidad de “desactivar” las imágenes con otras imágenes, de tan difícil como es frenar “el flujo incesante del consumo, del entertainment, del juego con las imágenes”. Sin embargo, ¡no podemos contener el flujo de imágenes sólo con un flujo de palabras! ¡Sólo las imágenes pueden afrontar el poder de las imágenes! Necesitamos más que nunca una producción de imágenes críticas con la producción de imágenes. Lo que nos hace falta son imágenes como las de los jóvenes fotógrafos mencionados, Matthias Bruggmann y Robin Collyer, o como las de nuestro anfitrión Joan Fontcuberta, imágenes cuyo objetivo ya no es cómo representar las cosas sino cuál es la naturaleza de la representación. Lo que estas imágenes tienen en común es una interrogación sobre la iconicidad, ese atributo indispensable y tan mal conocido aún que define la imagen. En una fotografía cualquiera, hay una relación de connivencia entre su dimensión indicial y su dimensión icónica y esta relación de connivencia oscurece la comprensión de la imagen en tanto que fabricación. A causa de su doble referente, que nos remite simultáneamente a la escena fotografiada y a la historia de la fotografía, una imagen de Matthias Bruggmann funciona de manera diferente y nos obliga a considerar la complejidad real de la producción de imágenes. En muchas de sus imágenes, Joan Fontcuberta llega a poner en conflicto voluntariamente el aspecto indicial y el aspecto icónico: cadáveres de mosquitos sobre un parabrisas se convierten en constelaciones o los macros de los dientes de las llaves se convierten en cordilleras. Difícilmente encontraremos algo mejor para hacer estallar la confianza ciega que alguien pueda tener en las imágenes.

¿Cómo hacer para que las imágenes de este tipo, profundamente subversivas, no se ahoguen en la masa que todo lo destruye? Casi todo el mundo estará de acuerdo que vivimos en una civilización de la imagen y, al mismo tiempo, nuestros programas escolares aún están casi enteramente construidos sobre la supremacía de lo escrito. Nuestras escuelas producen iletrados visuales. Así pues, primera prioridad, informar a los iconódulos!

Imágenes e imaginería

Como siempre, Joan exagera, provocador incurable que acaba por tener razón… Los dos descubrimos sin duda al mismo tiempo las imágenes pertinentes de Robin Collyer. Sólo que yo no las leo como él: lo que está borrado en las imágenes no es “sólo” el texto. Queda aquí, estética para algunos, absurdo para otros, esta construcción de “lugares” -ya que no son espacios- que han invadido la ciudad, la marcan, la ocupan. Lo que me interesa es que los espacios, las superficies, hayan sido creados en la ciudad sólo para acoger textos y eslóganes, y que acaben convirtiéndose en elementos estructurales de la ciudad.

Las palabras que aún tengan sentido -¿hasta cuándo? -, no se trataría de la victoria de una “ocupación” de la ciudad por la comunicación. Ya no estamos en un mundo que “tiene” que crear espacios de comunicación con la condición de romper su lógica económica. Seguimos -ahora dependientes- en un mundo que se basa en la imagen. ¿Quién de nosotros ha resistido al iPhone? Quién no está fascinado por la posibilidad, instantánea, de transmitir al otro una imagen de recuerdo que será tan rápidamente olvidada que habrá que destruirla para conservar su capacidad de memoria. Memoria, por otra parte, de la que ya no nos preocupamos más que en términos de “capacidad” técnica y no de sentido.

Creo que no podemos “desactivar” las imágenes con otras imágenes porque la crítica de las imágenes que circulan y son consumidas no alcanzará jamás, excepto si se crea una estructura dedicada a ello, el flujo incesante del consumo, del entertainment, del juego con las imágenes. Tendríamos que decretar la guerra… O bien tendríamos que encontrar una manera para que estas imágenes, críticas, incluso alternativas, fueran accesibles para un mayor número de gente.

Tendríamos que reflexionar sobre lo que funda la diferencia entre imágenes e imaginería.


Una producció de KRTU, dins del marc SCAN 2008