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La ubicuidad de la imagen

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¿Se puede ser iconoclasta?

Rápidamente -y por causa de insomnio…-, una pequeña observación respecto a la contribución, siempre tan elegante y cultivada, de Radu. Tiene toda la razón de subrayar hasta qué punto nuestra relación con la imagen se ha fundado, desde hace siglos, sobre la manera como las religiones la han sucesivamente utilizado (promoción) o prohibido (otra manera de promoción “contra”). Me temo que, si hubiese vivido en el siglo XII, habría sido iconoclasta. Y habría tenido un sentido. O habría sido, en cualquier caso, un posicionamiento.

Hoy, sólo puedo ser iconoclasta si decido volverme ermitaño, instalarme en un ashram en una región del Tíbet no controlada por los chinos, cortar con todo lo que hace el mundo contemporáneo. Ser iconoclasta hoy exige simplemente un retiro del mundo. Me acordaré durante mucho tiempo de mi estupefacción, hace algunos años, cuando llegué a un pueblo aislado de Laos, de haber visto, en el único comercio del valle -tienda de comestibles, estanco, restaurante, hostal, proveedor de guías, farmacia y muchas otras cosas, a petición-, unas bolsas de plástico que estaban evidentemente a la venta como artículo raro llevando la efigie de Leonardo di Caprio!

Cómo se puede ser iconoclasta, sin volverse terrorista, cuando la imagen se ha convertido en un elemento constitutivo, esencial, motor de nuestra sociedad de principios del siglo XXI. Malraux, del que no tengo muy buena opinión excepto porque inventó en Francia la idea -que se está disgregando- de un Ministerio de Cultura, decía que el siglo XXI sería religioso o no sería. Andy Warhol decía que cada uno tendría su cuarto de hora de gloria -cosa que podríamos traducir a la hora You Tube por su cuarto de hora (pero es demasiado largo…) de imagen. Sin duda los dos tenían razón, se habían anticipado a un mundo que han contribuido a formatear. Y nosotros estamos aquí, impotentes ante las imágenes que desfilan, que ya no tienen sentido, que son a la vez mercancía y llamada al consumo.

¿¿¿¿Cómo ser, hoy, iconoclasta????

Imágenes e imaginería

Como siempre, Joan exagera, provocador incurable que acaba por tener razón… Los dos descubrimos sin duda al mismo tiempo las imágenes pertinentes de Robin Collyer. Sólo que yo no las leo como él: lo que está borrado en las imágenes no es “sólo” el texto. Queda aquí, estética para algunos, absurdo para otros, esta construcción de “lugares” -ya que no son espacios- que han invadido la ciudad, la marcan, la ocupan. Lo que me interesa es que los espacios, las superficies, hayan sido creados en la ciudad sólo para acoger textos y eslóganes, y que acaben convirtiéndose en elementos estructurales de la ciudad.

Las palabras que aún tengan sentido -¿hasta cuándo? -, no se trataría de la victoria de una “ocupación” de la ciudad por la comunicación. Ya no estamos en un mundo que “tiene” que crear espacios de comunicación con la condición de romper su lógica económica. Seguimos -ahora dependientes- en un mundo que se basa en la imagen. ¿Quién de nosotros ha resistido al iPhone? Quién no está fascinado por la posibilidad, instantánea, de transmitir al otro una imagen de recuerdo que será tan rápidamente olvidada que habrá que destruirla para conservar su capacidad de memoria. Memoria, por otra parte, de la que ya no nos preocupamos más que en términos de “capacidad” técnica y no de sentido.

Creo que no podemos “desactivar” las imágenes con otras imágenes porque la crítica de las imágenes que circulan y son consumidas no alcanzará jamás, excepto si se crea una estructura dedicada a ello, el flujo incesante del consumo, del entertainment, del juego con las imágenes. Tendríamos que decretar la guerra… O bien tendríamos que encontrar una manera para que estas imágenes, críticas, incluso alternativas, fueran accesibles para un mayor número de gente.

Tendríamos que reflexionar sobre lo que funda la diferencia entre imágenes e imaginería.


Una producció de KRTU, dins del marc SCAN 2008