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La ubicuidad de la imagen

Diálogo


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Una época de idolatría

Hace más de diez años, pedí a algunos estudiantes de la École d’arts appliqués de Vevey que contaran el número de imágenes que veían entre la estación y la escuela, un trayecto de 5 minutos a pie. La media era de aproximadamente 50 imágenes, en una ciudad pequeña y en una zona moderadamente comercial. ¿Cuántas imágenes habrían visto en una gran ciudad?

A mi entender, el combate con las imágenes no se prepara, estamos en él, si no lo estamos perdiendo ya. No sólo existe la proliferación física de las imágenes que constituyen la iconosfera, sino también la extensión enorme de los límites de lo que es posible (y deseable) enseñar. Sólo hace falta comparar las imágenes de guerra de Roger Fenton con la célebre imagen de la mano arrancada durante el 11 de septiembre de Todd Maisel para ver el camino recorrido. Las imágenes se han infiltrado por todas partes y ningún territorio, ni el más íntimo, se escapa. Para muchos, la emancipación de la adolescencia empieza de forma ritual por una invasión libremente consentida de imágenes de cantantes, actores de cine y otros rappers en el universo de sus habitaciones infantiles. En el Concilio de Nicea, en el año 787, los teólogos hicieron la distinción entre la proskynesis, la veneración que los fieles podían consagrar a las imágenes piadosas, y la latria, la adoración que sólo estaba reservada a Dios. Hoy, esta distinción ya no funciona e imágenes de todo tipo, desde las de Che Guevara a las de Angelina Jolie, son adoradas por sus respectivos devotos.

¿Estamos en los albores de una época de idolatría?

Un cambio de época

El punto de vista de Joan y sus preguntas no son en absoluto apocalípticas. Y el tema que trata no nos remite en absoluto a la ciencia-ficción sino a una nueva realidad del mundo contemporáneo. Un mundo en el que la función y el rol de la imagen son radicalmente diferentes del que ha fundado, durante un siglo y medio, nuestra manera de ver y de mirar. El cambio más radical es estructural: hemos pasado del tiempo de la fotografía al de la imagen. Y mientras la fotografía era una manera de representar, de cuestionar o de describir el mundo manteniéndolo a distancia, la imagen se ha convertido en uno de los elementos constituyentes de la sociedad en la que vivimos y evolucionamos; de la misma manera que los flujos financieros o las fluctuaciones del petróleo u otras materias primas. Empezamos este diálogo en un momento en que el euro “vale” un dólar y medio, en un momento en que el barril de petróleo “vale” más de cien dólares, en un momento en que Getty Images, que ha sido uno de los principales actores del mercado de la fotografía desde hace veinte años, ha sido comprado por un fondo de inversión por dos mil millones de dólares. Vivimos en un mundo donde las normas de la economía han sido alteradas, en el que el valor, favorecido por la especulación, es virtual antes de ser “real” o material. Es en este mundo en el que las cuestiones de la imagen se desarrollan, se afirman. Imágenes que son igualmente una cuestión mercantil -más las imágenes animadas que las que quedan fijas- y alrededor de las cuales, debido al fracaso de la prensa y lo impreso, se desarrollan espectaculares batallas económicas.

Mientras continuamos mirando la oleada de imágenes que nos rodea y nos arrastra con nuestra “vieja” cultura de consumidores de fotografía, creo que ya es hora de tomar conciencia de un cambio de época, de cultura quizá. Ya es hora también de saber que no hemos visto nunca fotografías, sino sólo su puesta en forma, su utilización, su participación en un punto de vista, que no era necesariamente el del fotógrafo. Si queremos resistir porque creemos que la relación con lo real ha de continuar fundándose sobre la experiencia física, tengo la impresión que tenemos que decir también que la fotografía es una herramienta excepcional por lo que se refiere a la relación con lo real -que está desligada de la verdad- i defenderla frente a lo que pasa hoy en día. Con el digital, con la posibilidad que ofrece a cualquiera de transmitir sus imágenes, el mundo es más virtual que real. Y la rapidez se ha convertido en el valor principal. Todo, enseguida, viejo sueño que nos propulsa hacia la catástrofe. Virilio ya lo vio, hace más de veinte años. Y hoy los juegos de los políticos con la imagen lo confirman.

Existe un modo de resistencia, pero que no encuentra su lugar en la sociedad: el de los fotógrafos que continúan afirmando que la fotografía es una manera pertinente de exploración de lo real. Quizá la única manera de resistir -aunque: ¿somos capaces?- sería retardar las cosas, afirmar nuestro rechazo a la rapidez imperante.

¿Por dónde empezar?

En los horizontes de la ciencia ficción aparece de forma recurrente el argumento del enfrentamiento entre humanos y máquinas. Ordenadores, robots u otro tipo de ingenios tecnológicamente complejos acaban por rebelarse contra aquellos que los crearon. Hoy no sufrimos tanto una invasión de máquinas como una invasión de imágenes: imágenes que no se limitan a constituir pasivamente nuestro paisaje, es decir, no componen inocuamente lo que los teóricos llamaban la “iconosfera”, sino que nos resultan beligerantes. La puesta en escena del combate que se prepara mantiene bastantes paralelismos con aquellas historias de ciencia-ficción: al principio las imágenes eran escasas y costosas, y estaban al servicio de los hombres; pero al final proliferaban en exceso y la humanidad acababa teniéndose que supeditar a ellas. Parece que más allá de funcionar como soportes de contenidos o como sustitutos de las cosas, las imágenes cobran una consciencia autónoma y, como las máquinas rebeldes, despliegan una capacidad para actuar y afectar decisivamente nuestras vidas. Hasta la era industrial nosotros explotábamos las imágenes; en la era postindustrial las imágenes nos explotan a nosotros: imponen modos de conducta, condicionan experiencias y puntos de vista, usurpan nuestra personalidad…

Si este dictamen os parece plausible y no exageradamente apocalíptico, disculpadme que entre directamente a los temas que más me preocupan: ¿es la ubicuidad de las imágenes lo que las hace temibles? ¿Son sólo unos determinados usos “viciados” lo que hay que combatir? Y lo más importante: ¿cómo podemos establecer, con eficacia, políticas de resistencia?

¿Por dónde queréis empezar?


Una producció de KRTU, dins del marc SCAN 2008